30 mar. 2014


Nacidas para el Placer

Hoy os traigo un libro indispensable sobre sexualidad: Nacidas para el Placer. Instinto y sexualidad en la mujer, de Mireia Darder con la colaboración de Silvia Díez. Estoy a punto de terminarle y estoy encantada con lo que leo. Pinchando aquí podéis ver una entrevista realizada a la autora, Mireia Darder, en Para Todos




Y, entre sus páginas, podréis encontrar una leyenda  de Murdock y, a su vez, de Phelps: The Maid from the North: Feminist Folk Tales from around the world, que sintetiza muy bien la línea del libro:


LA LEYENDA DE GADWIN Y LADY RAGNELL



Un día a finales de verano, Gadwin, el sobrino del Rey Arturo, estaba con su tío y los caballeros de la corte en Carlisle. El rey volvió de su cacería diaria tan pálido y alterado que Gadwin le siguió a sus aposentos y le preguntó qué le sucedía. Durante su cacería, Arturo había sido atrapado por un terrible caballero del norte llamado Sir Gromer, que buscaba vengarse por la pérdida de sus tierras. Gromer había dado a Arturo la oportunidad de escapar, con la condición de que, un año después, acudiera desarmado al mismo lugar con la respuesta a la siguiente pregunta: “¿Qué desean las mujeres por encima de todo?”. Si hallaba la respuesta correcta a esa pregunta, salvaría su vida.

Gadwin aseguró a Arturo que juntos podían hallar la respuesta correcta a la pregunta, y durante los doce meses siguientes fueron recogiendo respuestas de uno a otro confín del reino. A medida que se acercaba el día, Arturo temía que ninguna de ellas resultara ser cierta.

Unos días antes de su cita con Sir Gromer, Arturo salió a cabalgar solo por el dorado tojo y el morado brezo hasta un bosque de grandes robles. De pronto, ante sus ojos apareció una mujer enorme y grotesca. “Era casi tan ancha como alta. Su piel estaba llena de manchas verdes y su cabeza estaba cubierta por un cabello como de púas de algas. Su rostro parecía más animal que humano”. Se llamaba Lady Ragnell. La mujer dijo a Arturo que sabía que iba a encontrase con su hermanastro Sir Gromer sin tener todavía la respuesta correcta para su pregunta. También le dijo que ella la conocía y se la daría si el caballero Gadwin accedía a casarse con ella. Arturo se aterró y exclamó que eso era imposible, que no le daría a su sobrino. “No te pedí que me dieras al caballero Godwin-le espetó ella-. Si el caballero Gadwin accede por su propia voluntad a casarse conmigo, entonces te daré la respuesta a tu pregunta. Esa es mi condición”. Y, tras añadir que la encontraría al día siguiente en el mismo lugar, desapareció en el robledal.

Arturo quedó anonadado porque no podía considerar siquiera la posibilidad de pedir a su sobrino que entregara su propia vida en matrimonio a esa horrible mujer para salvar la suya. Gadwin salió cabalgando del palacio para encontrase con el rey y, al ver su aspecto pálido y angustiado, le preguntó qué había sucedido. Al principio, Arturo se negó a decírselo, pero cuando al fin le confesó los términos de la propuesta de Lady Ragnell, Gadwin se alegró sobremanera de poder salvar la vida de Arturo. Cuando el rey le suplicó que no se sacrificara por él, Gadwin respondió: “Esa decisión es solo mía. Volveré mañana contigo y accederé a la boda con la condición de que la respuesta que te dé sea la correcta para salvarte la vida”.

Arturo y Gadwin se encontraron al día siguiente con Lady Ragnell y accedieron a su propuesta. Al día siguiente, Arturo cabalgó solo y desarmado para encontrase con Sir Gromer. Arturo probó sin éxito todas sus demás respuestas y, cuando Sir Gromer ya alzaba la espada para cortarlo en dos, añadió: “Tengo una respuesta más. Lo que la mujer desea por encima de todo es el derecho a su soberanía, el derecho a ejercer su propia voluntad”.

Sir Gromer montó en cólera adivinando que Arturo había averiguado la respuesta correcta de labios de Lady Ragnell. Maldijo a su hermanastra y desapareció en la espesura.

Gadwin fue fiel a su promesa y se casó con Lady Ragnell ese mismo día. Después del banquete de boda, al que asistieron en horrorizado silencio todos los nobles y damas de palacio, la pareja se retiró a sus aposentos. Lady Ragnell pidió a su esposo que la besara. Gadwin lo hizo al instante. Cuando se retiró, ante sus ojos había una joven de bella silueta con ojos grises y un rostro sereno y sonriente.

Gadwin se asombró y, asustado de la magia de su esposa, le preguntó qué había sucedido para producir tan espectacular cambio. Ella le dijo que su hermanastro la había odiado siempre y le había dicho a su madre, que sabía de brujería, que la transformara en una criatura monstruosa que solo podía desencantarse cuando el mayor caballero de toda Inglaterra la tomara voluntariamente como esposa. El sorprendido esposo le preguntó por qué Sir Gromer la odiaba tanto. “Me juzgaba atrevida y poco femenina porque le desafié. Me negué a obedecer sus órdenes, tanto con respecto a mis tierras como a mi persona”. Gadwin sonrió lleno de admiración y se maravilló de que el embrujo hubiera sido roto. “Solo en parte-respondió ella-: tienes que elegir, mi querido Gadwin, cómo seré. ¿Prefieres que tenga mi forma real por la noche y mi otra forma horrible durante el día? ¿O deseas que tenga mi forma grotesca por la noche en nuestro dormitorio y mi forma real en palacio durante el día? Piénsalo bien antes de decidir.”


Gadwin lo pensó un momento y se postró ante su esposa, cogió su mano y le dijo que él no debía escoger porque la elección dependía de ella, la única persona que podía tomarla. Y añadió que el apoyaría gustoso la decisión. Ragnell irradiaba alegría: “Has respondido bien, queridísimo Gadwin, pues tu respuesta ha roto por completo el maleficio de Gomer. ¡La última condición que puso ha sido cumplida! Pues dijo que si, tras mi boda con el mayor caballero de Inglaterra, mi esposo me concedía libremente el derecho a ejercer mi propia libertad, el maleficio quedaría roto para siempre”.

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